El sistema fluvial Paraguay-Paraná conforma el corredor de humedales de agua dulce más extenso del planeta, prolongándose por casi 4.000 km desde el Gran Pantanal Matogrosense en Brasil hasta el Río de la Plata. A pesar de haber sufrido intervenciones, sigue siendo un río vivo, sin represas en su curso principal y con amplias llanuras de inundación que regulan su equilibrio natural. Sin embargo, este ecosistema vital enfrenta serias amenazas debido a proyectos como la Hidrovía Paraguay-Paraná, una estrategia de transporte fluvial a lo largo del sistema hídrico del mismo nombre que busca remover las “barreras” físicas, pero también normativas y sociales para aumentar la capacidad de tráfico de productos.
Un río marcado por la historia y el extractivismo
Desde la llegada del explorador veneciano Sebastián Caboto en 1526, el sistema Paraguay-Paraná ha sido considerado un corredor estratégico para la explotación de recursos. Inicialmente, se intentó utilizarlo como vía de acceso a las minas de plata de Potosí—de ahí el nombre Río de la Plata—pero la geografía pronto demostró que esta ruta no era viable. Con el tiempo, la cuenca se consolidó como una arteria comercial clave, abasteciendo al mundo de energía mineral y nutrientes, transformando la ecología regional y fortaleciendo el modelo agroindustrial sudamericano.
La creación de la Hidrovía Paraguay-Paraná, impulsada a finales del siglo XX, intensificó esta tendencia al fomentar la navegación industrial y el desarrollo de infraestructura. Este proceso abrió nuevas posibilidades geopolíticas para la región y para muchas ciudades de pequeña y mediana escala, pero también trajo consigo grandes incertidumbres. Lejos de reducir la pobreza, este modelo ha generado profundos impactos ambientales y sociales, dejando tras de sí comunidades empobrecidas, una creciente concentración económica, la extranjerización del suelo y la devastación de ecosistemas.
Los actuales estándares de explotación han destruido formas de vida y arrasado áreas naturales, consolidando una estructura económica que perpetúa el ADN extractivista de América Latina, amenazando tanto la diversidad ecológica como la riqueza biocultural de la región. La producción agrícola intensiva ha provocado un colosal trasvase de energía: desde el agotamiento de los nutrientes del suelo y la pérdida de microorganismos, insectos, aves, peces y mamíferos a lo largo de la cadena trófica, hasta la alteración de ecosistemas, el desplazamiento de comunidades y el agravamiento de los desequilibrios climáticos a escala global. Todo este flujo de biomasa converge en los puertos europeos y asiáticos, reforzando un modelo extractivista de enclave, asimétrico, neocolonial y primarizado.

Ante esta situación, diversos sectores organizados han sostenido una firme resistencia en defensa de los ríos y las comunidades que dependen de ellos. Un momento clave en esta lucha fue la oposición a la represa Paraná Medio en 1996. Ese año, los pescadores Luis “Cosita” Romero y Raúl Rocco lideraron una remada histórica que movilizó a miles de ciudadanos bajo la consigna “Entre Ríos Sí, Entre Represas No“. Gracias a esta presión social, se logró frenar un proyecto de una mega represa de planicie que habría inundado 800.000 hectáreas, desplazado a 50.000 familias y causado una pérdida irreparable del paisaje y del acceso al río.
Como resultado de esta resistencia, el 25 de septiembre de 1997, la Cámara de Diputados de Entre Ríos aprobó por unanimidad la Ley Nº 9.092 (conocida como Ley Anti-Represas), que declaró a la provincia libre de nuevas obras de represamiento sobre los ríos Paraná y Uruguay.
Desde entonces, el movimiento en defensa del río ha seguido fortaleciéndose, demostrando que es posible construir una relación más equilibrada con el territorio, basada en la preservación del ambiente y el respeto por las comunidades locales, cuya cultura está profundamente ligada a los ríos.
“Remar Contracorriente”: una campaña por la soberanía del Paraná que reúne resistencia y futuro
En este contexto, el pasado 2 de febrero, Día de los Humedales, tuvo lugar en el puerto de Paraná, Entre Ríos, una asamblea que contó con la participación de referentes y defensores del agua, respaldada por organizaciones ecologistas, religiosas, políticas y académicas de toda Latinoamérica y el Caribe, que dio el puntapié inicial a la campaña “Remar Contra la Corriente por el Agua y la Vida” inspirada en la gesta de los pescadores.
Esta iniciativa busca frenar el dragado del río Paraná a 44 pies en el tramo que va desde el Río de la Plata hasta la zona del Gran Rosario. El objetivo del dragado es permitir el ingreso de buques de ultramar al interior del continente y concesionar la Vía Navegable Troncal (VTN) por 30 años, con posibilidad de renovación por otros 30.
Sin embargo, este proyecto ha generado preocupación por varias razones. En primer lugar, privatizar el control de la hidrovía podría aumentar la evasión fiscal, el contrabando y el narcotráfico, debilitando la capacidad del Estado para regular la actividad. Además, hasta ahora no se han presentado estudios de impacto ambiental que justifiquen el dragado a 44 pies, lo que genera incertidumbre sobre sus efectos ecológicos y económicos.

Para entender la magnitud del dragado, imaginemos lo siguiente: actualmente, el cauce tiene una profundidad de 31 pies y se pretende ampliarlo a 44 pies. Para lograrlo, habría que remover aproximadamente 438.000 metros cúbicos de sedimentos por cada kilómetro a lo largo de 300 kilómetros de río. Esto equivaldría a 131.400.000 metros cúbicos; de una manera más comprensible 52 veces el Estadio Monumental de Buenos Aires lleno de tierra o Más de 6,5 millones de camiones volcadores con capacidad de 20 m³ cada uno. Si alineamos esos camiones en fila, cubrirían más de 1,5 veces la vuelta al mundo sin que haya claridad sobre dónde se depositará esa enorme cantidad de material extraído.
Acciones en defensa del río
El pasado 1 de marzo, veintiocho años después de la histórica lucha contra la represa Paraná Medio, Luis “Cosita” Romero y un grupo de remeros comprometidos emprendieron una nueva travesía. Partieron desde Clorinda, Formosa, para recorrer el zigzagueante curso del río a través de las provincias de Corrientes, Chaco y Entre Ríos, con el objetivo de llegar el 22 de marzo, Día del Agua, a la ciudad de Rosario, Santa Fe. Esta iniciativa busca generar conciencia y sumar apoyos en defensa del Paraná, su naturaleza y su cultura.

Remar Contracorriente es más que una travesía; es un llamado urgente a la defensa del río y sus territorios. Desde la provincia de Formosa hasta la desembocadura del estuario del Río de la Plata, esta campaña despliega acciones para fortalecer la resistencia y visibilizar una problemática que afecta a comunidades enteras.
La remada, eje central de la iniciativa, recorre el río con paradas estratégicas en puntos de recepción donde movimientos sociales, pescadores y pueblos originarios impulsan acciones colectivas para su protección. Pero la lucha no se detiene en el agua: en tierra firme, las activaciones territoriales toman forma a través del arte, el activismo y la construcción de alianzas que refuerzan la defensa activa del territorio.
A su vez, el proyecto articula acciones políticas y legales para frenar la licitación del dragado y balizamiento de la Hidrovía Paraguay-Paraná, un proceso que amenaza el equilibrio del ecosistema y los modos de vida de quienes dependen del río.
Cada remada, cada activación y cada acción legal son un paso más en la resistencia colectiva por un río libre.
El Mapa Vivo: una herramienta para la acción
Para acompañar esta travesía, desde Casa Río Lab, hemos desarrollado además de una serie de acciones territoriales junto a organizaciones hermanas, un “Mapa Vivo”. Este mapa es una herramienta interactiva que permite visualizar el itinerario de la remada, las organizaciones involucradas y las activaciones que las organizaciones llevan a cabo en las localidades en apoyo de esta campaña. El mapa busca fortalecer la articulación entre comunidades y generar un registro en tiempo real de la lucha en defensa del río, promoviendo procesos colectivos de integración territorial y dando voz a las comunidades que sostienen la red de la vida.

El Paraná no es solo un cauce de agua; es memoria, sustento y futuro. Su voz resuena en cada remada, en cada comunidad que se niega a ser desplazada, en cada territorio que se alza en defensa de la vida y en cada manifestación de su riqueza biocultural. Hoy, más que nunca, es nuestro deber remar contra la corriente, porque lo que está en juego no es solo un río, sino el bienestar de la población y la sustentabilidad de nuestra región.
Los ríos tienen voz. Es nuestro deber escuchar y actuar.